IQUITOS,
EN BÚSQUEDA DE FITZCARRALDO
LUPE
CAJÍAS
MARZO
2016
Recorrer el Amazonas es el sueño de
todo viajero, de todo caminante, de todo aventurero, aunque a veces hay que
esperar cinco décadas para cumplirlo y ver desde los propios ojos los relatos fantásticos
de las enormes víboras, de las mujeres sin pezones, de las aguas intranquilas.
Las primeras ilustraciones
inolvidables de mi niñez son aquellos grabados de “Tesoros de la Juventud” en
los cuales las lianas entreveraban hojas de inmensos mangos y almendros y la
maleza desbordante tapaba la luz del sol. Detrás, vigilaba una hembra desnuda
de pupilas embrujadas, como en la pintura naif de Henri Rousseau.
Y la siringa, tan nombrada en los
libros de historia, en el verso de Pedro Schimose, polka que cantaba Luis Rico,
o versión de “Los Castañeros” de Riberalta, tal como la recuerdo:
Siringuero, coge tu cuchilla y tu
tichel, échate a la espalda tu morral.
Junto con la
aurora corre y vuela que las aves ya cantaron, amanece en el gomal.
Siringuero, sangra
tu existencia en la madera, llora el árbol tu desolación.
Corre,
corre que allá en la tapera, el hambre
te espera con la desesperación
En la goma ha
muerto tu alegría, en bolachas negras tú te vas, florece mi cantar en tu agonía
y has encadenado el día por orden del capataz…
En tu piel la rosa
se marchita, vuelas con el humo y el temor.
Quítale al gomal
lo que te quita, grita como a ti te gritan, quienes siembran el dolor.
Parecía historia de otro mundo. Fue
en los gomales cerca del Madre de Dios donde por primera vez, hace ya
muchísimos años, escuché retazos de la biografía de un “alemán”, Fitzcarraldo y
la novia paralítica que había abandonado en plena floresta para que muere
ahogada en sus propios alaridos. Aquel campesino de ojos claros, al que el
patrón le había cortado el dedo meñique de la mano derecha, me aseguró que el
aventurero murió en territorio boliviano, ya enloquecido.
A los tres años de esa primera
excursión vi el film de Werner Hertzog, “Fitzcarraldo” (1982) y la figura
sublime y despiadada de su personaje encarnado en Klaus Kinski quedó para
siempre entrampada en mi memoria y en la promesa de recorrer su trayecto
buscando a la bella Claudia y a a Enrico Carusso. Datos que confirmé en otros
textos, desde la novelística de Mario Vargas Llosa, la historia de la ópera,
los recuerdos de Guillermo Aponte Burela y folletos en portugués.
Cada que pasaba por la capital y
veía en el panel de vuelos la salida de algún avión a Iquitos renovaba la
promesa de conocer el departamento de Loreto. Iquitos, Cachuela Esperanza,
Manaus, escenarios de lujos y miserias, donde lo social se entrampa con la
ficción, más atractiva que las estadísticas del horror y la muerte de miles de
siringueros.
CON
FITSCARRALDO POR EL AMAZONAS
Iquitos es una preciosa ciudad al
norte de Lima, la selva poco transitada de un país que fue fundamentalmente
costero y andino y aún ahora son pocos los peruanos que la visitan, un siglo
después de su apogeo.
La población es tranquila y amable,
más mestiza que originaria y con fuerte presencia serrana en el comercio y la
gastronomía. Asombra ver en las veredas a los indígenas , obligados a abandonar
su hábitat y convertidos en mendigos alcoholizados o prostituidos por un
sistema que los engulle sin compasión. Aunque ahí radican la mayoría de las
diversas etnias de tierras bajas, los originarios tienden a desaparecer y los
indicadores socioeconómicos son muy inferiores al resto del país.
El centro mantiene casas solariegas,
con balconcillos a la calle, patios y zaguanes de madera, altas paredes y
complejas celosías para defender a los pobladores de la implacable canícula y
del polvo esparcido.
En muchos locales se exhiben afiches
con el rostro crispado de Fitscarraldo/Klinski, pero sólo uno asegura que ahí
moró el verdadero aventurero, un irlandés, Brian Sweneey Fitzgerald, quien
castellanizó y facilitó su nombre al simple y famoso apodo, “Fitscarraldo”. Hay
quienes señalan que en realidad era un peruano normal, de origen irlandés y más
bien su nombre común, Carlos, se convirtió en portada de su fantástica
aventura.
Atraído como tantos por la riqueza
del caucho a fines del siglo XIX, al final fue ganado por la selva, como si
fuese el personaje de “La Vorágine” de José Eustaquio Rivera; de hecho, Leticia
y los escenarios que usa el colombiano están cruzando el río, infestado de
crónicas rojas y amores violentos.
Cuenta la leyenda su obsesión por la
música, por Caruso que llegó hasta Manaus, para tratar de verlo y traerlo a sus
propios dominios. Para construir un teatro
con la acústica de Milán necesitaba mucho dinero. Inventó el famoso
traslado del barco de 30 toneladas a través de los pantanos y manglares, en
1894, desde la cuenca del Ucayali hacia el encuentro con los ríos Beni y Madre
de Dios y al encontrar esa salida se convirtió de extravagante despreciado en
un rico empresario.
La aventura contada en el film de
forma auténtica y sin efectos especiales, a costa de enfermedades tropicales,
peleas inacabables y muchísimos marcos alemanes, representa la mejor obra de
Hertzog y en una de las películas mundiales imperdibles. La música, como no
podía ser de otra manera, completó la monumental cinta, premiada en todas
partes, con extractos del Popol Vuh y la propia voz del más grande tenor del
siglo.
Hertzog estuvo hace poco en Bolivia
y visitó el Salar de Uyuni; a nadie se le ocurrió llevarlo al otro extremo,
donde el calor aún derrite la siringa en las tijelas; o quizá él nunca más quiera
escuchar sobre los gomales endemoniados.
Actualmente, el vapor está
refaccionado y es posible visitar los aposentos con el catre solitario, el
comedor, las fotos terribles de caucheros y de sus trabajadores esclavizados,
abanicos para las mujeres llegadas de Nápoles, cartas para esperar la tarde,
bares en la popa, y una foto en altamar
del que sería Isaías Fermín Fitzcarrald. Se dice que murió ahogado en 1897.
El momento emocionante es cuando su
sirena aguda anuncia que sube el ancla y comienza el recorrido por el Amazonas,
primero tranquilo, casi delgado, más tarde amplio como el mar, azulado y gris.
En el frontis se proyecta la película y Fitzcarraldo se convierte en el
capitán, con sus gestos y con sus gritos. Al sonido de las olas se suma el alto
parlante y Enrico Caruso, con Verdi y Puccini enciende emocionado el rojo de la
tarde tropical en un momento único, de aquellos que uno sabe que jamás podrá
volver a vivir.